Artículo. “Para triunfar en una batalla-de-maniobras: velocidad en la toma de decisiones (333 a.C.)”

Artículo. “Para triunfar en una batalla-de-maniobras: velocidad en la toma de decisiones (333 a.C.)”

Hola. A continuación hablaré sobre un tópico poco analizado a lo largo de la historia: la toma de decisiones en un campo de batalla.

Para hacerlo consideremos a dos ejércitos debidamente organizados. Como tal en cada uno de ellos los soldados tienen el equipo y están entrenados en su uso, además las tropas están organizadas en unidades y existe una cadena de mando para toda la organización y la figura más importante entre todos los oficiales es el comandante supremo.

Por ser un grupo debidamente organizado previo al choque el comandante supremo tomará su tiempo para estudiar la situación y establecerá el plan de acción que han de seguir sus tropas, y en términos generales ese plan puede ser de dos posturas: la primera será efectuar una batalla de desgaste, la segunda efectuar una batalla de maniobras.

En la primera postura la forma de actuar es relativamente sencilla: con su plan ya establecido luego de hallar al enemigo el comandante observará la situación, sí es necesario efectuará algunas maniobras y luego desplegará a su ejército. Ya satisfecho dará la orden y se lanzará contra el adversario y durante toda la batalla no efectuará más maniobras ni cambiará su plan, y de encontrar una resistencia más obstinada de lo esperado lanzará más y más tropas a la lucha, simplemente esperando que una superioridad numérica o tecnológica le ayuden a arrollar al adversario.

La esencia de las batallas de desgaste es plantarse firmemente y lanzar una lluvia de golpes hasta que el adversario se desmorone y hacerlo sin importar las bajas que su propio bando esté sufriendo. La enorme mayoría de las batallas de la Primera Guerra Mundial son amargos ejemplos de esa postura.

Luego se tiene a la batalla de maniobras. En ella el comandante también habrá establecido un plan inicial y luego de hallar al adversario también tomará un poco de tiempo para observar la situación y de ser necesario efectuará maniobras o modificaciones en su despliegue y cuando esté satisfecho se lanzará al ataque. Pero ya desde la planificación inicial se encuentra diferencia fundamental entre las dos posturas. Porque el comandante quien desea efectuar una batalla de maniobras llegará a la lucha con un plan innovador, y luego, durante el desarrollo de la acción observará los cambios en la situación e irá tomando nuevas decisiones durante la batalla, modificando el despliegue o efectuando más maniobras conforme crea necesario hacerlo, y repitiendo ese proceso intentará crear situaciones inesperadas para sorprender al enemigo colocándolo en una situación cada vez más complicada. Hasta que aquel quede sumido en el caos y se desmorone sin ya casi ofrecer resistencia.

La esencia de la batalla de maniobras se encuentra en usar la imaginación para desarrollar un plan innovador y en la habilidad de tomar decisiones durante la batalla. Esa postura requiere de una enorme flexibilidad, tanto del comandante supremo como de sus tropas, en particular durante el desarrollo de la batalla, porque esa organización ha de estar diseñada para que sus elementos puedan tomar decisiones sobre la marcha.

Desde la antigüedad ya podían observarse batallas de maniobras. El primer ejemplo registrado de ellas aconteció en la batalla de Leuctra (371 a.C.). En esa ocasión el comandante que triunfó llegó a la batalla con un plan de acción innovador. Los adversarios que se enfrentaron tenían las mismas formaciones para su infantería, las falanges, y en esa batalla dos falanges chocaron, ambas en igual de condiciones tecnológicas y casi en igualdad numérica.

Pero en el plan del ejército tebano su comandante disminuyó la densidad de sus batallones en el centro y el flanco derecho de su ejército, y esas tropas que tomó las integró a su flanco izquierdo para que aquel fuera mucho más denso, entonces cuando el choque se efectuó y comenzó el empuje de los escudos contra el ejército espartano, la mayor densidad de su izquierda logró empujar en poco tiempo a la derecha espartana fuera del camino y ese ejército se desmoronó.

Otro ejemplo clásico de una batalla de maniobras es la batalla de Cannae (216 a.C.). En esa ocasión un enorme ejército romano se enfrentó contra un ejército cartaginés, siendo estos superados en una proporción de dos contra uno, pero en su plan el comandante cartaginés tomó la decisión de reforzar su flanco izquierdo de caballería y con esa nutrida agrupación efectuó magistralmente una maniobra de doble envolvimiento rodeando al enorme contingente de infantería del ejército enemigo. Por un furtivo momento los cónsules romanos tuvieron una ventana de oportunidad para romper el cerco y huir, pero aquellos no reaccionaron a tiempo y su ejército fue aniquilado.

Y de las batallas de maniobras existen muchos más ejemplos, y saltan a la memoria las victorias de Napoleón en Austerlitz (1805 d.C.), la de Lee en Chancelorville (1863 d.C.), y la de Rommel en ain-el-Gazala (1942). Por siglos los historiadores y analistas militares atribuían esas victorias a la sagacidad y la astucia de los comandantes, sin embargo no se daba una explicación más objetiva al porque las lograban.

Solo hasta finales del Siglo Veinte un analista militar halló la correlación existente entre la toma de decisiones en una batalla y aquellas victorias, y ese hombre fue un oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de Norteamérica, el coronel John Boyd, quien en 1974, luego de una serie de ejercicios con los escuadrones de cazas bajo su mando, se sentó a analizar el desempeño de sus pilotos; y después la curiosidad le llevó a estudiar el desempeño de pilotos de cazas norteamericanos veinte años antes durante la Guerra de Corea (1951-53), quienes obtuvieron en ese conflicto un impresionante record de diez derribos de aviones enemigos por cada avión norteamericano que perdían.

Desde el inicio de su estudio el norteamericano aceptó una simple realidad: el Mig-15 de fabricación soviética, el principal caza de combate de China, era superior al F-86 norteamericano. El avión soviético tenía más aceleración y velocidad de ascenso, podía efectuar giros más cerrados y su armamento podía causar más daño. El Mig-15 era un mejor avión de combate en términos generales. Sin embargo el avión norteamericano tenía dos grandes ventajas a su favor: en primer lugar la cubierta de su cabina en forma de burbuja era más amplia y le daba a su piloto un extraordinario campo de visión, en segundo lugar los controles hidráulicos de su avión eran extremadamente confiables y muy superiores a los del caza soviético.

Por lo tanto el Mig-15 era mejor efectuando maniobras individuales (giros, ascenso, aceleración), sin embargo el piloto norteamericano podía pasar de una maniobra a la otra con más rapidez y podía ver con más facilidad los efectos que aquellas tenían. Entonces esos pilotos desarrollaron las tácticas apropiadas para aprovechar sus fortalezas: ellos constantemente cambiaban de una maniobra a la otra, ganando con cada transición un par de segundo más sobre las maniobras que efectuaba su adversario, así la reacción de aquel sería cada vez menos apropiada, hasta que finalmente el piloto del Mig-15 entraría en pánico y se hallaría en una posición tan mala, que su derrota ya sería segura.

La clave del éxito del piloto norteamericano se hallaba en su velocidad para ejecutar maniobras. Entonces el coronel Boyd llevó su estudio al teatro de operaciones terrestres  y pronto descubrió que allí sucede lo mismo: el bando que tenga una mayor capacidad de reacción podrá ir ejecutando maniobras que le van colocando en una posición cada vez más ventajosa. La esencia en la batalla de maniobras es llegar con un plan inesperado o cambiar de una situación a la otra, colocando al contrincante en una posición cada vez más complicada. Hasta que se llega un momento en el cual se podrá triunfar sin casi sufrir bajas, porque el adversario entrará en pánico y se desplomará sin ya casi ofrecer resistencia.

Boyd condensó su estudio en su teoría de Patrones de Conflicto. En ella nos dice que todo comandante entra a una batalla realizando el siguiente proceso: Observación, Orientación, Decisión y Acción. Por sus siglas es el ciclo OODA.

En cualquier batalla los comandantes entran a la acción observando: observando el despliegue de sus tropas, observando el terreno y observando al enemigo. Con lo que se observa aquel se orienta, toma una decisión y luego actúa. Ese es el caso tanto en las batallas de desgaste como en las de maniobras. Pero cada acción tiene una reacción. Cada acción cambia la situación, y, porque la situación ha cambiado, quien tenga flexibilidad podrá iniciar el ciclo nuevamente; y observará, se orientará, tomará una decisión y actuará. El ciclo OODA se puede repetir una y otra vez en aquel ejército que tenga la estructura y la organización diseñadas para lograr efectuar cambios sobre la marcha.

Pero cuando se ejecuta una batalla de desgaste el comandante no puede, o no quiere reaccionar a los cambios, y simplemente continuará golpeando al adversario hasta triunfar o ser derrotado.

En resumen, todo ejército es una organización que puede ser extremadamente compleja y la simple realidad es que no siempre se puede tener una estructura capaz de efectuar el ciclo OODA numerosas veces, y en mis libros de la serie Ejércitos y Tácticas veremos cuando las batallas de desgaste han sido la mejor opción, y en otras lo serían las batallas de maniobras. Así de sencillo.

Bueno, atentamente,
Victor Aguilar-Chang

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