Artículo. “Una nueva era en el combate naval: aviones, torpedos y bombas. La aviación naval, 1916-1944”

Artículo. “Una nueva era en el combate naval: aviones, torpedos y bombas. La aviación naval, 1916-1944”

Ahora demos un rápido vistazo a la evolución, hasta mediados del siglo XX, de un aparato fundamental dentro del repertorio de todas las Marinas de Guerra del mundo moderno: el bombardero.

Ya para los primeros días del siglo XX la humanidad se hallaba gozando de los frutos de la Revolución Industrial y una máquina que nació en esos días, y que arribó para cambiar radicalmente nuestra interacción con el entorno, fue el motor de combustión interna; sus primeros ejemplares, pesados y voluminosos, requerían de copiosas cantidades de combustible sólido, el carbón; pero para los primeros días del siglo XX se halló una opción líquida y menos voluminosa, el petróleo, y gracias a éste los motores se hicieron más pequeños y nació un nuevo medio de transporte: el aeroplano.
Entonces Europa quedó sumida en la Primera Guerra Mundial, y de inmediato los aviones de los enormes ejércitos demostraron su enorme utilidad realizando misiones de reconocimiento y de ataque. A partir de ese momento se buscó la forma de integrarlos a las Marinas de Guerra, primero para efectuar misiones de reconocimiento, pero eventualmente un oficial británico vio un enorme potencial y en 1917 ordenó que se equipara a varios biplanos con torpedos, y en un abrir y cerrar de ojos sus aviones adquirieron el enorme potencial de ser letales destructores de barcos.
Fue un paso importante en su evolución, pero la Primera Guerra Mundial terminó sin que los nuevos bombarderos hubieran tenido la oportunidad de usarse en combate, sin embargo pronto se efectuaron numerosos experimentos y ya para la década de 1920 se estableció que para efectuar un ataque con esos artefactos explosivos el piloto tenía que viajar en un vuelo de aproximación en línea recta a escasa altura por un largo trecho y solo hasta hallarse a 180 metros del blanco debía lanzar su torpedo. Por la necesidad de efectuar ese vuelo de aproximación el avión quedaba vulnerable al fuego defensivo del barco que atacara; muchas aeronaves podían perderse, pero dichas pérdidas serían ampliamente justificadas sí se lograba hundir a un barco de gran calado.
El tiempo pasó y veinte años más tarde, para el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con nuevos aviones y nuevos torpedos, todas las Marinas de Guerra ya tenían sus propias doctrinas para el uso de sus nuevos bombarderos torpederos. Por ejemplo, la doctrina táctica para la Marina de Guerra de los Estados Unidos de Norteamérica le indicaba a sus pilotos que ellos tenían que efectuar un ataque masivo con un nutrido grupos de bombarderos torpederos, los que al mismo tiempo tenían que atacar al blanco desde ambos costados lanzando sus torpedos desde una distancia máxima de 700 metros, así colocarían una verdadera maraña de mísiles en el agua y con ellos esperaban lograr múltiples impactos.

Los ataques con bombarderos torpederos eran una amenaza que ya para la década de 1930 era reconocida por todos y, claro está, los marineros buscaron la forma de defenderse. Ya para 1940 cada barco de guerra tenía más armas antiaéreas, pero más allá de ellas, se llegó a la conclusión que la mejor forma de proteger a los grandes barcos contra los aviones torpederos era colocar a decenas de barcos de menor calado a su alrededor en un despliegue innovador conocido como la formación circular.
En dicha formación los barcos más valiosos del escuadrón, los acorazados y los portaaviones, se colocaban en la posición central y a su alrededor se colocaba a los escoltas en dos grandes círculos concéntricos; en el primero estaban los cruceros pesados, en el segundo estaban los cruceros ligeros y los destructores; y a todos los escoltas se les colocaba de tal forma que cada uno tenía un campo de tiro libre para disparar sus armas antiaéreas, pero aún hay más, los escoltas estaban allí para ser un obstáculo en el camino de los aviones torpederos que intentaran lanzarse contra los barcos de gran calado.

Acción y reacción. La historia del equipo y las tácticas de guerra. Ante la amenaza de los aviones torpederos los marineros habían ideado la formación circular y con ésta nueva formación la misión de los bombarderos torpederos se dificultó enormemente.

Pero aquí también observamos los efectos de acción vs reacción, porque también desde la década de 1920 los aviadores se percataron que los marineros estaban ideando nuevas formas de defensa, entonces se lanzaron a buscar nuevas formas de incrementar la letalidad de sus ataques aéreos, y en los primeros días de la década de 1920 ellos experimentaron con la opción de lanzar bombas de caída libre. La primera opción estudiada fue realizar ataques de bombardeo horizontal, y como su nombre lo indica, en esa modalidad el avión viaja en un vuelo de aproximación en un vuelo horizontal hacia el blanco dejando caer sus bombas desde cierta altura; pero eventualmente ese ataque se descartó, porque, para evitar el fuego antiaéreo, los aviones tenían que lanzar sus bombas desde una altura mínima de 1,200 metros y lanzar bombas de caída libre desde esa altura mientras se viajaba en vuelo horizontal sobre un blanco que se halla en movimiento, era una absoluta pérdida de tiempo.

A simple vista parecería que la nueva formación circular y el nuevo armamento antiaéreo de los barcos habían neutralizado en gran medida la capacidad de ataque de los bombarderos.
Ehhhh. A simple vista. Porque en 1926 los aviadores demostraron la validez de una innovadora forma de ataque. En el atardecer del día 22 de octubre encontramos a la Flota del Pacífico Norteamericana en alta mar efectuando sus ejercicios anuales, y entre todos los barcos que estaban participando en las maniobras estaba un poderoso escuadrón de acorazados que se hallaba buscando a un grupo de cruceros que habían sido designados como enemigos. En los acorazados los vigías estaban atisbando el horizonte buscando a los enemigos; pero por el momento no había ninguna señal de ese adversario y por esa razón la mayoría de los tripulantes se hallaban entregados a tareas rutinarias.
Nadie en los acorazados lo sabía, pero sobre ellos, a 4,000 metros de altura, ya estaba un escuadrón de aviones colándose furtivamente entre las nubes, y cuando estos finalmente se colocaron sobre uno de los acorazados el líder de la formación agitó las alas de su aeronave. Era la señal. Luego su avión se desplomó sobre el acorazado en un ángulo cercano a los 70º descendiendo como un meteorito; tras él venían los restantes aviones del escuadrón.
La sorpresa fue total. Para los marineros el primer indicio que ellos estaban bajo ataque fue el rugir de motores sobre sus cabezas; la alarma tronó y las órdenes fueron gritadas a todo pulmón. Pero los pocos marineros que no quedaron paralizados por la sorpresa ni siquiera tuvieron el tiempo para alcanzar sus puestos, porque en cuestión de segundos los aviones llegaron a la altura de 150 metros y desde allí lanzaron sus bombas. Los impactos simulados se repitieron y el acorazado sufrió daños sustanciales.
Ese era el bombardeo en picado. Al haber iniciado su ataque desde una gran altura los aviadores habían ganado el elemento sorpresa, pero además s ganaron una enorme velocidad al volar en picada, y al descender en línea recta por un gran trecho, hasta hallarse a la distancia de quemarropa, lograron una puntería impresionante e imposible de obtener con un ataque en vuelo horizontal.

Definitivamente esa modalidad de ataque arribó para quedarse y a solo dos años de la histórica maniobra apareció el primer avión especialmente diseñado para efectuar un ataque en vuelo en picado, ese avión fue el biplano F8C de la Marina de Guerra de los Estados Unidos.
Diez años más tarde, para los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, los beligerantes ya tenían en sus Ejércitos y Marinas de Guerra nutridos escuadrones de bombarderos en picado, y para esos días a los pilotos se les entrenaba para iniciar su ataque desde una altura de 5,000 metros, escabulléndose entre cúmulos de nubes o colocando el sol tras sus espaldas, y ya sobre un blanco se desplomarían sobre el enemigo en un ángulo de 70º hasta alcanzar una velocidad de descenso de 350 kph, a esa velocidad pasaban de 5,000 a solo 1,500 metros en 35 segundos y a esa altura de 1,500 metros lanzaban sus bombas.
Descender como un bólido y descargar su armamento a quemarropa para mejorar su puntería. Esa era la esencia del ataque en picado.
Y de esa modalidad de ataque nació otra opción, el bombardeo en semi-picado, al cual podemos describir como el punto intermedio entre el bombardeo horizontal y el bombardeo en picado. Éste podía comenzar desde una altura mínima de 1,000 metros y desde allí el piloto descendería sobre el blanco en un ángulo de 45º. Era un ataque con menos precisión, pero que podía ejecutarlo un piloto con menos entrenamiento o experiencia obteniendo éste un grado aceptable de puntería.

Por lo tanto, ya para el inicio de la Segunda Guerra Mundial, los pilotos de bombarderos podían efectuar tres tipos de ataques contra barcos en alta mar: dos de estos ataques serían con bombas de caída libre, y estos eran el ataque en vuelo en picado y el de semi-picado, y el tercer ataque era el de vuelo horizontal con torpedos. Y con todas esas modalidades de ataque, para que los aviadores tuvieran una mejor probabilidad de lograr múltiples impactos, se aconsejaba lanzar un solo ataque masivo en tres fases.
Primero, los escoltas de los bombarderos, los cazas, quitarían del camino a cualquier avión de defensa que estuviera sobre los barcos, y luego, de ser posible, esos cazas se lanzaban en un vuelo en semi-picado para ametrallar a los barcos. Con sus balas se esperaba silenciar algunas de las armas antiaéreas de los barcos. Luego sería el turno para los bombarderos en picado, los que se lanzarían sobre el enemigo desde tres direcciones al mismo tiempo para diluir el fuego defensivo.
Sin embargo en éste momento es necesario aclarar un punto sobre el ataque con las bombas. Las más comúnmente lanzadas en los bombardeos en picado eran las de alto explosivo de 500 libras; con éstas se lograba un alto grado de puntería, sin embargo las mismas no eran suficientemente pesadas ni alcanzaban una velocidad terminal suficiente para penetrar las cubiertas blindadas de un acorazado o de un crucero pesado, incluso las de caída libre perforantes tenían escasas probabilidades de hacerlo. Por esas razones la enorme mayoría de bombas lanzadas simplemente estallaban en el exterior de un barco blindado.
Y las explosiones externas raras veces ponían a un barco en peligro de irse a pique, sin embargo sí podían diezmar terriblemente a los marineros que operaban las armas antiaéreas y se esperaba que provocaran daños que redujeran la capacidad de maniobra del barco atacado. Por otra parte los daños provocados por las bombas eran mayores cuando atacaban a barcos con escaso blindaje. Cuando una bomba de 500 libras alcanzaba a un portaaviones, a un crucero ligero o a un destructor los resultados eran devastadores, las bombas penetraban con facilidad las entrañas de la nave y allí estallaban, causándoles una cantidad sustancial de daño.
Pero incluso en esas ocasiones, cuando las bombas alcanzaban a barcos escasamente blindados, era necesario que se lograran múltiples impactos para poner al barco en peligro de irse a pique. Por todas esas razones de todas las armas usadas por los aviones contra los barcos en la Segunda Guerra Mundial, los torpedos fueron los verdaderos destructores de barcos. Y esa no es ninguna exageración. Como ejemplo tomemos al torpedo Tipo 93 de la Marina Imperial Japonesa, de las 5,900 libras de peso de ese artefacto 1,080 eran de explosivos; la enorme detonación de los mismos contra el costado de un barco, justo bajo la línea de flotación, producía un enorme agujero por el cual penetraba una copiosa cantidad de agua que en muy poco tiempo pondría al barco en un enorme peligro de irse a pique, incluyendo a los grandes acorazados y a los portaaviones.

Bueno, la siguiente es la idea final sobre éste artículo: la doctrina acuñada para la aviación en la Segunda Guerra Mundial indicaba que tenía que efectuar un ataque aéreo masivo por fases sobre los barcos. Los cazas y los bombarderos en picado iniciarían la acción, con estos se esperaba reducir la capacidad de defensa y de maniobra de los barcos atacados, para que luego los bombarderos torpederos arribaran a dar el golpe de gracia.
Con esa forma de actuar se esperaba aprovechar las fortalezas de cada avión para desbordar las defensas del adversario y con esa doctrina de combate entraron los beligerantes a la Segunda Guerra Mundial. Pero como siempre las doctrinas no siempre pueden ejecutarse y en las primeras etapas del conflicto los aviadores norteamericanos se distinguieron por la falta de coordinación en sus ataques aéreos, perdiendo en combate a una enorme cantidad de aviones y aviadores.

Bueno, estos solo son algunos detalles de la información que pueden hallar en mis libros Combate-Naval 5: La batalla de Midway (1942) y Combate-Naval 6: La batalla del Mar de las Filipinas (1944), ambos, y muchos otros, los tengo a la venta en Amazon como libros electrónicos para Kindle.

Esperando que este artículo haya sido interesante.

Atentamente,
Victor Aguilar-Chang

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