Artículo. “Un análisis apropiado de nuestras realidades nos puede ayudar a conocer el futuro (PGM)”.

Artículo. “Un análisis apropiado de nuestras realidades nos puede ayudar a conocer el futuro (PGM)”.

La siguiente pregunta es relevante para todos los ámbitos de la vida del humano: ¿es posible predecir el futuro? Bueno, puedo decirlo, sin temor a equivocarme, que con una mente ágil que se concentre en la tarea se pueden hacer vaticinios sobre posibles escenarios futuros, y es más, también es posible proponer sus posibles soluciones.

Dentro de ese contexto he de mencionar a un militar europeo del siglo XIX, el barón Antoine-Henri Jomini (1779-1869), quien primero sirvió en el ejército francés bajo el mando de Napoleón y luego en el ejército ruso a lo largo de las primeras décadas del siglo XIX. Su legado se encuentra en la serie de libros que escribió sobre sus experiencias de guerra, libros que nos ayudan a descubrir  a un hombre brillante, quien no solo fue capaz de vislumbrar las realidades del combate de su época, pero incluso fue más allá, porque pudo imaginar como sería la guerra en un futuro no muy lejano.

Y su visión sobre como sería la guerra futura quedó plasmada en su libro Sumario del Arte de la Guerra, publicado en el año 1836, donde escribió: «Las nuevas invenciones que hemos visto en los últimos veinte años nos colocan ante las puertas de una gran revolución en la organización de los ejércitos, su armamento y sus tácticas… cada día los instrumentos de destrucción están siendo mejorados a una velocidad vertiginosa. Se dice que los austríacos ya lograron perfeccionar el sistema de guía y la capacidad destructiva de sus cohetes Congrave, la metralla que ahora lanzan los proyectiles explosivos cae tan lejos como el alcance de la mosquetería, y también está el arma de vapor de Perkins, que escupe tantas balas como lo hace todo un batallón. Todas estas armas, y otras más, multiplicaran la capacidad de destrucción (de la tropa)»…«Sí los gobiernos no se reúnen en un congreso para prescribir el uso de esas invenciones de destrucción no va a quedar más opción que hacer que la mitad del ejército esté integrado por caballería equipada con corazas que ha de lanzarse a capturar esas armas lo más pronto posible, e incluso la infantería va a ser obligada a cubrirse con armaduras como en la Edad Media, de no hacerlo el batallón que se lance al asalto simplemente va a ser aniquilado mucho antes que logre entrar en acción. Regresaremos a ver a los famosos hombres de armas de la Edad Media, cubiertos de pies a cabeza con blindaje y montados sobre corceles que requerirán de una protección similar».

Ya ese hombre había apreciado el potencial destructivo del armamento que estaba ideándose en Occidente, que sería capaz de diezmar a ejércitos completos, y ante esa posibilidad él ya había propuesto una solución, darle a la tropa una protección antibalas.

El tiempo prosiguió con su curso y menos de ochenta años después, en la Primera Guerra Mundial, sus palabras demostraron que habían sido proféticas; rifles, ametralladoras, piezas de artillería de tiro rápido, todas esas armas ya se encontraban en cantidades sustanciales en los ejércitos europeos, y eran tantas y tenían tal cadencia de fuego, que contribuyeron a crear enormes zonas de muerte; batallones, regimientos y divisiones que se lanzaban al asalto simplemente eran diezmados en cuestión de segundos.

Incapaces de sobrevivir en el campo abierto las tropas tomaron sus picas y sus palas y cavaron kilómetros de trincheras a todo lo largo del frente de batalla, y, con la combinación de armas de fuego de tiro rápido, las trincheras y densos campos sembrados con alambradas de púas, pronto se consolidó un frente de batalla impenetrable; así quedaron detenidos millones de hombres que no lograban penetrar las defensas enemigas, y comenzó una enorme guerra de desgaste.

Era necesario hallar una solución para lograr terminar con el estancamiento de la guerra de trincheras y alcanzar el terreno abierto más allá en la retaguardia del enemigo, solo así se terminaría con la guerra lo más pronto posible.

En todos los estados mayores europeos se recibieron numerosas propuestas, y la primera en ser aceptada fue usar enormes cantidades de artillería. Con una devastadora lluvia de explosivos sobre un sector del frente se buscaba aniquilar a los defensores y destruir sus trincheras, así se abriría una brecha y se alcanzaría el terreno abierto de la retaguardia.

Era una opción, en la Segunda Guerra Mundial la artillería soviética demostró como el fuego concentrado de la artillería puede demoler las defensas de campo de un enemigo, sin embargo, para que ese fuego sea efectivo los proyectiles disparados tienen que ser de grueso calibre y el fuego tiene que ser certero para alcanzar blancos específicos eliminando los puntos fuertes de la línea enemiga; sin embargo en la Primera Guerra Mundial por bastante tiempo no se tuvo ni suficiente artillería pesada, ni suficiente precisión.

Pese a una gran cantidad de intentos fallidos, en todos los estados mayores se continuó buscando la forma de usar efectivamente su artillería, y se intentó encontrar nuevas tácticas para la infantería. Pero en Francia y Gran Bretaña se buscó en la tecnología una nueva opción, porque surgió una idea interesante: se quería encontrar la forma de inutilizar los rifles y las ametralladoras del enemigo, se quería dar al ejército un equipo antibalas.

Interesante. La propuesta de Jomini de cien años atrás había encontrado partidarios; en poco tiempo algunos prototipos de un blindaje corporal fueron presentados, pero la simple realidad es que, con la tecnología de principios del siglo XX, un blindaje corporal solo podía detener las balas de un rifle sí se usaba una cantidad sustancial de metal, y simplemente el peso del blindaje sería prohibitivo para un individuo, ni siquiera un caballo ni su jinete podían tener una cantidad sustancial de blindaje.

El blindaje antibalas personal no era el camino. Sin embargo, para los visionarios la Revolución Industrial ya tenía la respuesta; y la respuesta que aportó se halló en el motor de combustión interna. Un motor unido a una estructura con ruedas da como resultado un vehículo autopropulsado, y si se le coloca un sistema de orugas podrá atravesar un terreno de difícil acceso, ese vehículo se convierte en una plataforma móvil que puede tener individuos que la manejan y, equipados estos con armas (ametralladoras y cañones ligeros) pueden barrer el terreno alrededor del vehículo, además, y esto es lo más importante, en todo su exterior se pueden instalar paredes de metal, suficientemente gruesas para rechazar balas de rifles y ametralladoras. La solución era crear un vehículo sobre orugas antibalas, que nosotros ahora conocemos como el tanque.

Ese fue el génesis de ese vehículo, los prototipos pronto fueron presentados y de inmediato capturaron la imaginación de los líderes aliados, y en ese bando se sancionó la manufactura de las nuevas máquinas.

El 15 de septiembre de 1916 los primeros tanques fueron usados por los británicos en la batalla del Somme, y pese a que muchos nunca entraron en acción por desperfectos mecánicos, los pocos que sí lo hicieron demostraron su enorme utilidad atravesando la tierra de nadie sin que le lograra detener el fuego de la fusilería y las ametralladoras y prestaron un valioso apoyo directo a su infantería; a partir de ese momento los tanques se usaron en más campos de batalla, pero fue en la batalla de Cambrai cuando finalmente quedó demostrado su enorme valor.

En la madrugada del 20 de noviembre de 1917 los británicos lanzaron a la lucha a una muralla de acero formada por 378 tanques que se lanzaron contra una sección de la línea alemana y tras ese muro blindado avanzaron miles de infantes. La falange de tanques surgió de la neblina matutina y contra ellos los alemanes dirigieron el fuego de todas las armas disponibles. Pero los tanques primero quitaron del camino las densas marañas de alambre espigado y luego se dirigieron hacia las trincheras alemanas; los rifles y las ametralladoras de los defensores ladraron furiosamente contra los paquidermos de metal;  pero sus balas nunca los detuvieron. Así fue como los tanques pavimentaron el camino para que su infantería alcanzara las trincheras y una vez en ellas los infantes fueron quienes eliminaron los focos de resistencia.

En menos de 12 horas los ingleses habían ocupado líneas sucesivas de trincheras alemanes, efectuando una penetración de nueve kilómetros y alcanzando en algunos puntos el terreno abierto de la retaguardia alemana, y en el proceso ellos sufrieron 4,000 bajas contra las 8,000 que le infligieron a los alemanes.

En el análisis final, en el siglo XIX Antoine Jomini había hecho un análisis correcto del futuro de la guerra; para principios del siglo XX las armas europeas eran capaces de aniquilar a ejércitos enteros en cuestión de horas.

Aquel había vislumbrado correctamente el futuro y, como una posible solución, propuso equipar a la tropa con un equipo antibalas. Eventualmente la protección individual no era una solución, sin embargo, sin que Jomini se percatara de ello, ya en sus días la Revolución Industrial estaba fraguando la solución para el dilema, y esa solución eventualmente arribó en la forma del motor de combustión interna, que se convirtió en el corazón de una máquina autopropulsada blindada.

Sin lugar a dudas los visionarios pueden vislumbrar un posible escenario futuro basado en lo que observan en el presente, pero en muchas ocasiones son otros los hombres quienes logran hallar las soluciones gracias a la aplicación de los avances de la tecnología.

Ese siempre ha sido el secreto del avance de la humanidad, para todo problema siempre se desea y se puede hallar una solución.

Atentamente,
Victor Aguilar-Chang

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