Artículo. “El Siglo de las Luces y la independencia de América Latina”

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Francisco Javier Clavijero (1731-1787)

La Ilustración. La corriente filosófica que guio el florecimiento de la sociedad occidental en el siglo XVIII y que inició un cambio trascendental en la forma que la humanidad interactúa con el mundo. Y para nosotros los americanos, cuando arribó a nuestro continente a mediados de ese mismo siglo, también tuvo un enorme impacto, siendo un factor de enorme importancia que eventualmente dio vida a los movimientos que culminaron con las independencias en América Latina (exceptuando a Cuba).

Esa corriente nació en Europa a finales del siglo XVII como producto del trabajo de un nutrido grupo de filósofos, inicialmente en su mayoría franceses. Su objetivo: alzar a la razón para que ésta reinara sobre todos los aspectos de la vida del humano, y su premisa, la constante búsqueda de respuestas sobre como funciona el mundo usando como herramienta la observación aplicada dentro del marco del método científico, y luego, con las respuestas halladas sobre el mundo, desarrollar aplicaciones prácticas para mejorar la vida del individuo y de la sociedad. La tarea era traer la luz del conocimiento para triunfar sobre el oscurantismo imperante, y como esa corriente floreció a lo largo del siglo XVIII a éste se le conoce como el Siglo de las Luces.

Pero la búsqueda de respuestas iba más allá de las ciencias naturales, porque también se esperaba lograr una reestructuración de la vida en sociedad del mundo occidental, la cual, desde la Edad Media, se había visto sumida en una existencia de supersticiones, tradiciones, irracionalidad y obediencia ciega, tanto hacia las instituciones religiosas como a las políticas, con éstas últimas gobernando a Europa por medio de las monarquías-absolutistas (en España, Portugal y Francia), que mantenían a la mayoría de la población de esos Estados en una situación de amarga indiferencia por parte de las autoridades, un trato que se sufría desde las metrópolis hasta las colonias (incluyendo también a las colonias inglesas, pese a que su reino era gobernado por una monarquía-parlamentaria).

 

Descubrir como funcionaba el mundo por medio de la investigación y hallar formas prácticas para que la vida del humano fuera más eficiente. Conceptos auténticamente revolucionarios para cambiar la forma en que interactuamos con nuestro entorno. Piedras angulares de la Ilustración, la que poco a poco fue ganando más adeptos en los círculos intelectuales del Viejo Continente.

Lo interesante es que esas ideas arribaron a las Cortes europeas donde, pese a los ataques dirigidos en su contra, también hallaron seguidores, incluso entre los representantes más altos de las dinastías, y en España el mismo monarca Carlos III (r. 1759- 1788) aceptó la validez de numerosos preceptos de esa corriente. Así, casi tan pronto como subió al trono él se embarcó, en la década de 1760, a la tarea de mejorar la eficiencia de la administración estatal, particularmente de las colonias.

Como un primer paso para entender la situación de esos territorios envió a sus adelantados a investigar, y con los reportes recibiros la primera medida que autorizó fue la creación de nuevos ejércitos coloniales, capaces de defender los territorios, tanto contra enemigos externos como internos.

Y era necesario, porque la siguiente medida fue efectuar cambios en las instituciones de gobierno colonial, para así acabar con la corrupción de los funcionarios públicos y retirarles privilegios a poderosas familias locales que se aprovechaban de la debilidad institucional. Su objetivo: alcanzar una recolección más eficiente de los impuestos y hacer más eficiente el flujo de materias primas a la metrópoli.

Sin embargo se podía observar que en todos los cambios que ordenó no estaba otro de los principios fundamentales ya acuñados en la Ilustración: la igualdad ante la ley. Para Carlos III la única forma de gobierno era la monarquía absolutista. Él, junto a otros monarcas europeos, se identificaba con las propuestas que le ayudaban a tener un gobierno más eficiente para beneficio del Estado, pero sin dudarlo se alejaba de aquellos mecanismos que buscaban establecer un trato equitativo con la población.

 

Las órdenes del Rey habían sido emitidas y los cambios se fueron efectuando, pero la información también fluía entre los continentes y el material de lectura que expresaba el valor de la Ilustración comenzó a arribar a América, y para muchos fue una valiosa fuente de inspiración y conocimiento. Y un primer producto del estudio de ese material fue que una cantidad sustancial de intelectuales coloniales reexaminaron las ideas preconcebidas de superioridad del Viejo Continente, y más importante aún, comenzaron a verse a sí mismos, ya no como españoles, pero como americanos.

Identidad americana. Un giro interesante que poco a poco fue arraigándose más y más en las mentes de los colonos. Todo por una simple realidad: en el Viejo Continente un gran número de eruditos europeos, quienes también defendían y promovían la Ilustración, lanzaban virulentos ataques contra América, asegurando que el Nuevo Mundo, y sus habitantes, eran intrínsecamente inferiores a todo lo europeo.

Los principales exponentes de esos ataques fueron los franceses Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) y Corneille de Pauw (1739-1799). El primero publicó en 1747 su libro Histoire natural générale et particulière en el cual argumentaba que América, por hallarse plagada de lagos, ríos y pantanos era una región fría y húmeda, y por esa razón, argumentaba, éste continente producía animales más pequeños y menos numerosos, y aseguraba, apoyado por el trabajo de otros intelectuales europeos, que lo mismo sucedía con la vida vegetal y con los seres humanos nativos; para ellos esa era la razón por la cual los hombres de Las Américas eran pequeños, débiles, su pasión sexual escasa, no tenían inteligencia, ni espíritu de lucha; es más, continuaba su argumento, bajo la influencia del clima hombres, animales y plantas provenientes de Europa eventualmente eran atrapados en una espiral degenerativa. En 1768 a la tesis de Buffon se sumó la de Corneille de Pauw, quien en ese año publicó en Francia su obra Recherches philosophiques sur les Américains, que llevó la noción de corrupción del ser humano hasta un absurdo, ya que en su obra el francés aseguraba que los habitantes de América eran impotentes.

Esos y otros documentos eventualmente arribaron a las manos de los intelectuales coloniales y, pese a que muchos españoles-peninsulares (quienes habían nacido en la península Ibérica y que vivían en América) aceptaron de inmediato los absurdos argumentos, otros españoles-peninsulares y españoles-americanos (súbditos de la Corona nacidos en América) se opusieron rotundamente a esas conclusiones.

Tres hombres ocupan un lugar de prominencia en la defensa de nuestro continente. Uno de ellos fue el fray español-peninsular Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), de la orden benedictina, quien en sus obras alabó a los habitantes y los territorios de América, y propuso que algunos de los logros de las civilizaciones precolombinas sobrepasaban a los de las civilizaciones europeas del pasado.

Otro que alzó su voz fue el español-mexicano Juan José de Eguiara y Eguren (1696-1763), rector de la Universidad de México y canon de la catedral de la ciudad, quien respondió con su vasta Bibliotheca mexicana, un trabajo en el que demostraba la extensa gama de logros académicos de sus compatriotas del virreinato de Nueva España, y el otro fue el español-mexicano jesuita Francisco Javier Clavijero (1731-1787), quien en su obra de cuatro volúmenes, Storia antica del Messico, produjo la más erudita de las expresiones en defensa de las civilizaciones americanas que fue publicada en el siglo XVIII, comparando a las civilizaciones mexicanas precolombinas con la de los antiguos romanos y realizando un ataque directo contra las conclusiones de De Pauw.

Y a ellos se unió el desencanto que ya estaban experimentado una cantidad de científicos coloniales, quienes estaban entrando en contacto con sus homólogos peninsulares que habían arribado a las colonias para participar en las reformas del Rey y que también profesaban, sin fundamento alguno, amargos prejuicios contra el Nuevo Mundo.

Es interesante observar como el intercambio científico, impulsado por la Ilustración, estaba dejando un amargo sabor de boca entre los intelectuales coloniales, porque estos podían comprobar, sin lugar a dudas, que sus descubrimientos, alcanzados dentro de la racionalidad del método científico, eran válidos, sin embargo sus hallazgos eran sistemáticamente rechazados de una forma arbitraria por sus homólogos europeos.

 

Y eventualmente la discusión alimentada por la Ilustración pasó a los círculos de las ciencias sociales, cuando los miembros de las facultades de leyes, los colegios de abogados y las academias de jurisprudencia coloniales se lanzaron a analizar el sistema legal que regía la relación de las colonias con la metrópoli. Y con un análisis racional de las leyes imperiales alcanzaron una conclusión trascendental: las colonias podían alcanzar el status de reinado para así tener un trato de igualdad dentro del Imperio.

Era una conclusión trascendental que fue aceptada de inmediato por muchos americanos de las clases media-alta y alta-baja de la sociedad colonial, porque ellos eran sistemáticamente excluidos de un mundo de privilegios arbitrariamente otorgados a oficiales coloniales peninsulares y a los escasos miembros de la clase alta-media y alta-alta americana, quienes por generaciones ya habían establecido fuertes lazos comerciales, de amistad y consanguinidad con los oficiales peninsulares que controlaban las instituciones de gobierno (la corrupción y el abuso de poder continuaban imperando en las colonias pese a las reformas ya efectuadas muchos años atrás por Carlos III).

Quienes querían el cambio en la relación con la metrópoli se lanzaron a la tarea y presentaron una y otra vez solicitudes formales ante las instituciones peninsulares para que escucharan sus peticiones. Pero en su búsqueda de igualdad hallaron un obstáculo infranqueable, las autoridades permanecían inmutables y la situación entre las colonias y la metrópoli fue deteriorándose.

 

El tiempo continuó con su marcha. Los años pasaron y la situación en las colonias no cambiaba, cuando súbitamente en el Viejo Continente sucedió un evento inesperado.

Previamente las guerras del Ancien Régime durante el siglo XVIII habían sido de naturaleza limitada; el objetivo principal de esos conflictos había sido la conquista de territorios en las periferias de los reinos e imperios enemigos, y raras veces se buscaba la conquista total del territorio metropolitano del adversario o usurpar por completo el sistema de dinastías.

Obviamente era una situación que favorecía a las élites europeas porque no se buscaba un cambio radical, sin embargo todo ello cambió cuando se alzaron a la lucha los ejércitos de la Francia revolucionaria y luego los del Imperio francés, porque sus líderes buscaban reestructurar el mapa geopolítico europeo, y en su camino hacia el codiciado control de Europa en 1808 Napoleón Bonaparte obligó al rey Fernando VII de España a abdicar, y el Emperador colocó en el trono a su hermano José (r. 1808-1813). Lo que no esperaba es que ese acto provocó que el pueblo español se alzara en armas y en el Imperio español se estableció un gobierno constitucional como una medida de emergencia mientras se esperaba el retorno de su Rey.

Con la esperanza de asegurar su ayuda el nuevo gobierno dio algunas concesiones a las colonias; para muchos americanos fue un paso hacia adelante, pero para otros, luego de décadas de infructuosos esfuerzos, ya era demasiado tarde, en varios puntos ya habían estallado rebeliones contra las autoridades coloniales.

Sin embargo es fundamental observar que en ese momento la enorme mayoría de las rebeliones buscaban un trato de igualdad dentro del Imperio que diera más concesiones a las escasas que habían sido ganadas en las Cortes de Cádiz. En sus etapas iniciales en la mayoría de las revueltas no se buscaba una independencia. Pero el tiempo pasó y las concesiones no se materializaban, entonces poco a poco el deseo de formar parte de un Imperio que no les escuchaba fue sustituido por el deseo de la libertad total, y la situación solo se exacerbó en 1814 con el retorno del rey Fernando VII al trono, porque éste ordenó el retornó al sistema de gobierno monárquico-absolutista.

Ese fue el golpe decisivo para la enorme mayoría de americanos, y a partir de ese momento el grito generalizado ya solo fue dadnos la libertad o dadnos la muerte. El resto es historia.

 

Como conclusión. El Siglo de las Luces marcó un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Todo gracias al principio fundamental de la Ilustración: usar la razón para comprender lo que nos rodea, tanto al universo como a la vida en sociedad.

En América la Ilustración fue otro de los factores que nos empujaron hacia los grandes movimientos independentistas, pero aún hay más, porque esa corriente filosófica le dejó a la humanidad una herramienta que estandarizó los métodos de investigación y la búsqueda de aplicaciones prácticas al conocimiento alcanzado, solo así fue posible arribar a la Revolución Industrial en el siglo XIX, y ésta, en solo unas generaciones transformaría profundamente nuestra relación con el planeta.

Att.
Victor Aguilar-Chang

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